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Ficha técnica del libro

Manuel del Barrio Donaire: Autopoético (confesiones de un soltero).

Prólogo de Juan José Tejero.
Año de edición (Primavera 2015).
Tamaño 8º, 107 pp.
Tipos: Janson text y Gill sans.
Impreso a doble tinta.
Tirada: 1200 ejemplares.
Imprimió: Entorno Gráfico (Atarfe, Granada).
Encuadernó: Olmedo Hnos.

 

Portada

Bio-bibliografía del autor:

Manuel del Barrio Donaire nació en Úbeda en 1977. Ha vivido en Madrid, Alicante, Málaga, Barcelona y Madrid de nuevo, donde reside actualmente. Estudió en la Universidad, trabajó de camarero, teleoperador, profesor, periodista, librero, coach, se sacó un master. Es autor de los poemarios Confesiones de un soltero autopoético (Point de Lunettes, 2009, Premio Nacional Princesa de Éboli), Alguien que no sea yo (Huacamano, 2011), Un ojo izquierdo llamado Danilo T. Brown (Lupercalia, 2012) y Cirujía para quiste de epidamio (Baile del sol, 2013). Por ahora sigue trabajando y sigue estudiando, lee libros de autoayuda y va al psicólogo y al psiquiatra, aunque no descarta dejarlo todo para irse a morir a Alaska.

Sinopsis del libro

Autopoético es la edición ampliada de Confesiones de un soltero autopoético (Publicada en Point de Lunettes en 2009). Esta edición presenta muchos poemas nuevos y reincide en el estilo del autor: bajo un aparente descaro y tono poético desenfadado, el autor da un severo repaso a todos los vicios del mundo contemporáneo, echando mano de un versibrismo de versos amplios que tiene mucho de la mejor tradición literaria del Romanticismo a esta parte. La mirada irónica y ejecutora del autor no se para ante prácticamente nada, creando un estilo original y difícilmente imitable.

 

Texto

(página 35-37)

INSTRUCCIONES PARA SER ESCRITOR

Vestir de negro es una necesidad vital,
como leer la etiqueta del champú
o la fecha de caducidad del pan de molde.

Para ser escritor
primero hay que parecerlo
y nadie puede escribir correctamente
si se viste de cualquier manera.

El buen escritor escribe rápido, mal.
El roto del abrigo, el camino largo de la dificultad,
la mansedumbre de los espacios en blanco.

Todo lo que está limpio, cepillado, relamido,
es lo menos importante.
Hay que escribir abigarradamente,
vivir abigarradamente,
no dejar un espacio, un minuto de silencio,
hay que llenarlo todo,
fecundarlo todo,
vomitarlo todo,
meterle mano a todo,
no dejar un trozo de carne sin probar
Esto es así.

Cuando se me acaban los yogures
y el arroz tres delicias del congelador
necesito reafirmarme en mi escritura,
hablar de mi abrigo negro,
de mis derrames interiores,
de videojuegos.

El placer de la escritura está más allá
de la escritura.
Está en la sensación opresiva del calzado,
en el golpe de teclas del ordenador,
en la luz artificial y el ruido que hacen los vecinos.

El negro es el color de la literatura.
Hay que huir de la perfección
como de la frase hecha o los calcetines blancos.
El color negro
absorbe radiaciones, texturas, vapor de agua,
exceso de glucosa, aminoácidos.
No hay que fiarse de ningún escritor
capaz de combinar más de tres colores a la vez.

Para vestir de negro correctamente,
lo primero es saber mentir y no acabarse nunca un libro.
Hay quien se cree escritor
por escribir todos los días, pero no.
Tampoco se puede escribir en cualquier sitio,
ni de cualquier manera.
Hace falta una predisposición mental que tiene que ver
con todos esos whatsapps sin responder
de las últimas semanas.

Hijos de puta.

Conozco individuos,
albañiles, amas de casa, abogados, profesores de idiomas,
que escriben dentro de bañeras,
tumbados en sofás,
sobre pilas de ladrillos,
en servilletas de papel,
en el metro.

Lo escrito así,
sale con letra de póliza de seguros.

Para escribir algo sólido y consistente,
es necesario estarse muy quieto,
escuchar algo de Brahms,
comer arroz,
beber Coca-Cola y, por si no ha quedado claro,
vestir de negro riguroso, al menos, de cintura para arriba.

El uso de ordenador y el bromazepan, por supuesto,
son imprescindibles.

                                                                        (Nueva York, 1981)