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Ficha técnica del libro

José Juan Díaz Trillo: Cándido en la Asamblea.

Año de edición (Otoño 2016).
Tamao 4 (27 x 17 cms.), 84398 pp.
Collage digital desplegable en interior, de M. Jesús Casermeiro.
Fotografía del autor de Daniel Mordzinsky.
Tipos: Janson text y Gill sans.
Impreso a doble tinta.
Tirada: 1200 ejemplares.
Imprimió: Entorno Gráfico (Atarfe, Granada).

 

Portada

Autor



Bio-bibliografía del autor:

Profesor, escritor y en la actualidad diputado del Congreso, J.J.Díaz Trillo (Huelva, 1958) tiene una dilatada trayectoria literaria y política. Ha publicado una decena de libros de poesía, entre ellos Héroe de su herida (Premio Residencia de 1988), Para evitar la nieve (Premio internacional de Poesía Odón Betanzos en 1994) y Mundo y aparte (Premio ALJABIBE de 2010) y del que Pablo García Baena, Presidente del Jurado, dijo: "Díaz Trillo es un poeta de una solidez y exigencia expresiva a todas luces singulares. Solidez poética; exigencia moral en el poema, y un sentido de la concisión que en sus versos ni sobra ni falta nada".

En la década de los ochenta participó de los proyectos editoriales “El Fantasma de la Glorieta” y “Con dados de Niebla”. Como coordinador de publicaciones educativas en la provincia de Huelva dirigió la revista pedagógica Borrador y varias colecciones de ensayo. Con distintas responsabilidades profesionales (es funcionario desde 1984) y públicas, ha llevado a cabo numerosos proyectos de divulgación cultural y pedagógica. Comisario de algunas exposiciones, ha escrito para catálogos y obras colectivas y participado en diferentes antologías. Desde la publicación de su primer libro, Milcíades, en 1979, viene colaborando en medios de comunicación, sobre todo como articulista en distintos periódicos y revistas.

Con el pintor Buly en 1985 publica Mal te perdonarán a ti las horas, un libro-baraja con poemas e ilustraciones en los que rinde homenaje a su admirado Góngora. De 1990 es la edición de la obra gráfica Tauromaquia de Segismundo, en la que a través de 6 pinturas y otros tantos poemas Buly y Díaz Trillo hacen una personalísima y taurina interpretación de La vida es sueño. En la actualidad ambos autores, y hermanos, preparan Concordia. Un itinerario plástico y lírico por tierras, mares y cielo de Andalucía y Marruecos.

Su trayectoria política ha estado marcada, además de con sus idea y valores, por un doble compromiso con nuestro patrimonio, cultural y natural. Delegado de Cultura en los noventa y presidente de la Comisión de Cultura del Parlamento andaluz en 2012, fue Presidente de  Marismas del Odiel de 2001 a 2010 y Consejero de Medio Ambiente desde ese año. Candidato a la alcaldía de su ciudad, ha concurrido también a las elecciones autonómicas de 2008 y 2012 y las generales de 2015 y 2016. Ha ocupado también distintos cargos en las direcciones local, provincial y regional del PSOE-A.

Sinopsis del libro

[…] Cándido es corrector en la Asamblea y Carlos un médico y diputado por Badajoz que escribe una versión de la célebre obra de Voltaire. Con Montesquieu y Leonardo Sciascia, es de la tesis de que historia tan original sobre el optimismo merece ser escrita por cada generación. Cree también que este Cándido de verdad, por su azarosa y a veces extravagante vida, es el protagonista idóneo. Además de las distintas fuentes que se procura y de las conversaciones con el corrector, Carlos encontrará en los Papeles de don José (una réplica de Pangloss en los tiempos oscuros de la Dictadura) el hilo preciso para hilvanar un relato lleno de aventuras y personajes, donde realidad y ficción se van fundiendo y confundiendo en una sola historia: la paulatina transformación de Cándido y del propio autor. Del optimismo al pesimismo, y viceversa.

Díaz Trillo ha conseguido recrear la mayor época de cambios de nuestro país y establecer en una trama paralela, teñida de ironía, las claves de una actividad política marcada por la bondad y la ambición, en desiguales dosis. Aunque prototipos de alguna idea o actitud ante la vida, sus personajes adquieren los matices de la complejidad humana y se enredan en una historia llena de matices y anécdotas, "de amor y de amistad" como le dirá Carlos a un escéptico Cándido cuando le pregunta sobre el asunto de su novela. Se trata también de la construcción misma de un relato, de la forma de entender, ya sea en primera o tercera persona, la tarea de crear una ficción o de inventar una nueva realidad para el lector, definitivamente y cuando acabe de leerla, su mejor intérprete. Con una prosa precisa, a veces pausada para la reflexión, y otras velocísima para el relato de episodios y acontecimientos, Díaz Trillo ha rendido un tributo cabal a la vigencia de la Ilustración y de la mejor literatura.

 

Texto (página 27-31)

II
DE SU LLEGADA AL MUNDO

Como fue niño, se llamaría Cándido. Cándido Rodríguez y Rodríguez. En puridad: Cándido Rodríguez de Castro y Rodríguez Goicoechea y de Cepeda Dubois. Así lo inscribirían los abuelos en el registro comarcal de Avacena, cumpliéndose el sueño de don José de tener en su familia un Cándido. Y con tantos apellidos como quería el notario. Para él se trataba de un acto más y de buena gana hubiese tomado el primer avión de vuelta a la capital –asuntos urgentes me reclaman, pretendía excusarse– si no fuese que por azar, o por demora en la partida de nacimiento, se enfrascaron en un áspero debate sobre la reunión que por aquellas fechas se celebraba en Múnich sobre la democracia y Europa. Asistía por primera vez un nutrido grupo de representantes políticos españoles que, procedentes de uno y otro bando de la Guerra Civil, perseguían la reconciliación y la instauración en España de un sistema democrático homologable con los del resto del continente.
La conversación surgió por casualidad y para matar el tiempo en el Registro. Se trataba de un tema de actualidad, pensó el farmacéutico, sin advertir que para el notario, aparentemente liberal entre las olas serenas del verano, era ésta cuestión de honor patrio y temor profesional. Suponía que ahí pudiera estar el germen de una conspiración –cómo no, judeo-masónica– contra sus prístinos dominios notariales en la España del boom inmobiliario y desarrollista que nos depararía, siempre según el ilustre notario, tanta prosperidad colectiva como felicidad individual.
Sin querer ofender, pero algo irritado por la soflama que iniciaba el consuegro, don José le interrumpió:
—Pero, Ignacio, es una conferencia de partidos democristianos y liberales, con los que ahora se codea el Generalísimo para ver si entramos en la Comunidad Económica esa por la que suspiran algunos de sus ministros. Son gente de orden y de principios. Algunos, amigos míos. ¡Por favor!
Don Ignacio se había creído aquello de que la capital era el rompeolas de todas las Españas y, desde su cofa de grumete natural de un régimen que consideraba eterno, veía aquel rincón serrano como playa, antes tranquila, que habría que vigilar. ¿Cómo es que allí, tan lejos, un simple boticario, rico de cuna, eso sí, podía relacionarse, vía postal o como fuese, con aquellos “vendepatrias” de Múnich? Y además era su ¿consuegro? De sangre nada más, pues mucho dudaba de que aquel idilio juvenil llegara a buen puerto.
—José, créeme, eso no es más que un contubernio, cosa de cuatro resentidos a los que conozco muy bien, y que han ido allí a hacerle el caldo gordo a los rojos. Tuviera que ver que a los enemigos de España, que los hemos tenido a raya todos estos años, vayan a darles oxígeno unos señoritos que hicieron la guerra en la retaguardia, escaqueados. Cómo que reconciliación y elecciones. ¿Estamos locos? Vamos, otra república de aprovechados y desorden. Eso, José, ya lo hemos vivido y no trajo más que sangre y miseria. España necesita centinelas, no alborotadores. Como dice el Caudillo: papeletas, no; bayonetas. Igual que ese Castro de Cuba, que ha dicho que nada de elecciones, que a trabajar.
—No es lo mismo, Ignacio, ellos acaban de empezar, y este país nuestro necesita pasar página. Escribir una nueva historia, esta vez sobre renglones derechos, seguidos y normales. Que parece que la hemos escrito siempre al revés y con letra gruesa. Una historia de todos, sin rencores ni revanchas, con letra menuda pero firme, Ignacio. Que nos quedamos atrás… y más solos que la una.
—¡Anda ya! Si estamos mejor que nunca. Mira el despegue de la industria con los polos de desarrollo, y de la agricultura con las exportaciones de naranjas. Y qué me dices del turismo. Si ahora todo el mundo quiere venir a España, joder. ¡Y a joder! –exclamó socarrón el notario, al que tanto gustaba el galanteo con las extranjeras–.
—No me refiero a eso –repuso el farmacéutico, ya más sosegado tras el chiste soez del notario con el que había buscado su complicidad–, no. Te hablo, Ignacio, de la ciencia y del progreso, de la formación de nuestros jóvenes y del desarrollo social, y no sólo económico, de nuestro país.
—¡Coño! Otra vez con nuestro país. Se llama España, José. España. Que parece que sois alérgicos a la patria. Así nos va en la Universidad y en algunos colegios donde los jesuitas vuelven a hacer de las suyas…
—Pues ¡echadlos! –respondió don José algo irritado–, Ignacio, como hace siglos… y como a los judíos, para arruinarnos luego haciendo escoriales y mausoleos que no sirven para nada…
—¿Cómo que no? Y la fe, ¡coño!, ¿no cuenta la fe? La salud espiritual de un pueblo es la que lo hace fuerte y lo mantiene unido. ¡Joder!, parece mentira que estés con Micaela, José. Y seguro que sin echar una canita al aire –bromeó de nuevo mientras se iban al casino–. Aguardiente es lo que se toma aquí, ¿no? Pues venga, hombre, vamos a celebrar lo del niño. Cándido me has dicho, ¿no?
—Sí, Cándido, como el de Voltaire.
—¿Por su bisabuelo me dijiste?
—Sí, por su bisabuelo, el de Francia –le contestó, ahora bromeando el serrano–.
—Vaya, hombre, también gabacho como mi mujer. Bueno, qué le vamos a hacer. La familia es la familia, aunque sea francesa.
Antes de su entrada al mundo propiamente dicho, Cándido había llegado a una habitación preparada a conciencia por sus abuelos. Con muchísima luz gracias a varias ventanas de hojas grandes y rectangulares y un amplísimo balcón que daba a un jardín cuyo trazado era pura geometría y donde el cruce de especies de varios continentes y la disposición de fuentes y estatuas respondían a un orden que sólo conocían el farmacéutico y su hijo, al que aficionó a la botánica desde muy pequeño. El techo lo cubría un extraordinario papel pintado, que su abuela Maddy había encargado en París y donde cúmulos y cirros de nubes delicadas recorrían un cielo azul, añil desleído, que brillaba al sol que lo inundaba toda la mañana y por la tarde adquiría un tono ceniciento que lo hacía aún más cálido. Cándido llevaría siempre en su memoria ese destello de vida radiante y perfecta, de día infinito, como si nunca anocheciera en su corazón. Creían sus abuelos cuando lo colocaron, y luego él, que aquel era el cielo del mejor de los mundos posibles, sin tempestad ninguna, siempre en calma.
Catalina llevaba más de cinco meses bajo ese cielo –techo solamente para ella– que apenas entendía y que tanto la sofocaba, sobre todo en los momentos anteriores al parto. En la sierra había llevado una vida casi monacal, a excepción de los días que venía José Luis y que, casi obligada, hacían excursiones por los alrededores o salían a comer a los pueblos de la comarca, donde la abundancia de chacinas, setas y guisos de legumbres –prescritos como imprescindibles por el abuelo para la salud del futuro vástago– la tenían abotargada. Estaba acostumbrada a la comida frugal y rápida de un Madrid donde la vida de los jóvenes de su clase era igual de instantánea. Aquello era la lentitud y el aburrimiento, la norma estrecha del campo y donde José Luis se le hizo de verdad, más espíritu que carne, más amigo que novio. El muchacho, sin embargo, se iba encariñando y, desde la seriedad que había dado a sus estudios y costumbres, se iba sintiendo padre y marido, por este orden.
Había sido siempre un niño algo ingenuo y muy dócil, embargada hasta entonces su voluntad por un padre, más que cariñoso, matemático e implacable en el tratado de unas costumbres que habrían de llevarle, por razones genéticas, a la cumbre del  talento y la felicidad. Cosa que se programaba, pues estaba escrito, sostenía el farmacéutico, en el ácido desoxirribonucleico.
—Ignacio, la ciencia contiene todos los secretos y nuestra tarea mayor es descifrarlos –proseguían la conversación tras el segundo aguardiente, ya acomodados en el salón reservado a los socios–. Mira esos científicos que acaban de descubrir una molécula en la que está escrita toda nuestra biología. Ese es nuestro auténtico carnet de identidad y no el de la Policía.
—¡Coño!, José, algo de eso le he escuchado al pintor ese de los bigotes, Dalí… ácido desi… no sé qué… pero creí que estaba de broma… el tío es tan raro. Pero habla bien de España y del régimen, no como otros que bien que han comido del Movimiento y andan ahora cuestionándolo todo. ¡Joder! Con el trabajito que nos ha costado poner orden y concierto… y disciplina, que siempre hemos tirado mucho al monte, como tus cabras. –Y como sin quererlo–: Por cierto, José, todas esas tierras, y el ganado, te están dejando dinero, ¿no? Si quieres vender algo, conozco a unos promotores valencianos que ya han estado en la playa y quieren ver también parcelas en la sierra. Dicen que ahora se va a poner de moda el turismo rústico, de interior lo llaman. Como esos hoteles que anda montando Fraga en castillos y palacios antiguos. Algo tendrán. Si te animas, me lo dices y hablamos con ellos.
—Vaya, Ignacio, tú nada más que ves negocio y protocolos. Estas tierras tienen algo especial…, uno de los siete lugares del mundo cuyas coordenadas hacen que tenga un magnetismo singular. Yo creo que por eso terminó aquí sus días Arias Montano, un sabio de Fregenal, de-sengañado de aquel otro régimen de Felipe II. Era un hombre de ciencia, aunque también de fe y de orden, como a ti te gusta. Y en cuanto a lo de la playa, me da que esta gente que dices quiere que esto sea como Málaga, vengan hoteles y rascacielos, que es lo que se lleva, ¿no?
—Pero, hombre de Dios, ¿tú qué quieres, volver al taparrabos, que nada avance? Pero ¿no hablas tú de ciencia y de progreso? Parece que quieras quedarte igual. Ahora que España despierta de verdad. Y ya verás, con Europa o sin ella, esto va a ser la revelación. Te lo digo yo, que veo moverse el dinero allí en Madrid. Los tiempos cambian, José, y España tiene que desarrollarse.
El notario, algo mareado ya por la tercera copa de aguardiente y olvidado de sus prisas por volver, pronunciaba “desarrollo” deletreándoselo al consuegro como si fuera un párvulo de la nueva religión desarrollista. Aunque molesto al principio por la insistencia de don José en sus teorías y la amenaza de extender alguna duda en la capital sobre su inquebrantable adhesión al régimen, forjada en la doble vía del carlismo y del falangismo más rancios, se estaba sintiendo a gusto por lo pintoresco de la nueva rama familiar y, no menos, por las perspectivas de negocio, y desarrollo, que creía haber encontrado en este lugar mágico, o magnético, del mundo.
Hablaron después del porvenir de Cándido, siempre en el plazo largo o medio. En el corto, presentían los abuelos que el niño estaría en aquellos pagos hasta que los padres sentaran las cabezas. José Luis fue desde el principio el más responsable e interesado. Catalina aún no había bajado de la nube de estupor en la que llevaba desde hacía nueve meses y que, después de haber dado a luz no sin dificultades, parecían instaladas, la nube y ella, en ese cielo postizo del que ya empezaba a querer  bajarse. Con Magdalena y Micaela, habían dispuesto los abuelos –telefónicamente antes y ahora en persona sobre la evanescencia del alcohol y el duro sol de junio– que pasaran el verano allí los padres con el niño y en septiembre ya verían cómo los muchachos seguían estudiando y haciéndose cargo, poco a poco insistían los cuatro, del primer nieto de la saga Rodríguez de Castro y Rodríguez Goicoechea; Rodríguez Rodríguez para una segunda mitad de siglo que iría olvidando cualquier linaje que no fuera el del dinero y en algunos casos, los menos, el del talento.