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Ficha técnica del libro

Alejandro Pedregosa: El dueño de su historia.



Año de edición: 2008.
Tamaño 8º, 214 pp.
Tipos: Janson Text y Gill sans.
Tirada: 1000 ejemplares.
La imagen de cubierta delantera reproduce un dibujo de Maria Jesús Casermerio.
Imprimió: Entorno Gráfico (Maracena, Granada)
Encuadernó: Olmedo Hermanos.

 

Bio-bibliografía del autor:

Alejandro Pedregosa (Granada, 1974). Es licenciado en Filología Hispánica y en Teoría de la literatura. Su producción literaria se inicia con dos libros de poemas: Postales de Grisaburgo y alrededores (accésit del Premio García Lorca, 2000) y Retales de un tiempo amarillo (Premio Ciudad de Trujillo, 2002). Se estrena como novelista con una historia policíaca, Paisaje quebrado, que obtiene el Premio de novela corta José Saramago en 2004.
Dos años después, publica un nuevo libro de poemas, En la inútil frontera (Premio nacional de poesía Paloma Navarro, 2005), editado en esta misma colección por Point de Lunettes.
Desde 2003 a 2006 ha sido director de la revista literaria Letra Clara.

Sinopsis del libro

El dueño de su historia cuenta la historia de un conspirador antifranquista, de sus vicisitudes en la dura posguerra española, hasta la llegada a la democracia. El personaje, tras la dictadura, vive determinado por su pasado que se empeña en perseguirle hasta que decide poner fin a la historia de forma precipitada. La novela, impecablemente construida, rica en matices y en facetas narrativas, cuenta la historia de esa generación de españoles que tras la muerte de Franco tuvieron que acostumbrarse a convivir pacíficamente con sus verdugos.

 

Texto (página 28-29):

A mi tío Ramón no le mató aquella bala que partió de las ranuras de una persiana bajada; a mi tío Ramón le mató otra bala, cuatro años más tarde, una bala que procedía de un fusil amartillado por un jovencito tembloroso en un pelotón de ejecución. Una bala que obviamente no era la misma que cuatro años antes le habían sacado de la cabeza mediante trepanación y que misteriosamente lo había dejado vivo en medio de la solitaria calle ante los gritos impotentes de sus hermanos que repetían su nombre (¡Ramón! ¡Ramón!) mientras disparaban para protegerse en las mil direcciones que tiene el aire.
Sus cazadores tuvieron la cortesía de recogerlo, la sagacidad de ver que seguía vivo, la caridad de operarlo y curarlo, posteriormente, la obligación de encarcelarlo y al final, cuando Valencia estaba rendida, como acto de purga ejemplarizante, lo fusilaron. No me piensen frívolo si digo que aquello no se gestionó de manera adecuada: operarlo y alimentarlo para después volver a asesinarlo con el gasto de una nueva bala no es un balance muy rentable. Pero claro, bien mirado no era cuestión de dinero, de hecho en mi pueblo todo les pertenecía; lo que no tenía precio era la circunstancia que se les ofreció para demostrar cierta elegancia criminal, algo así como un dandismo de gabardina y pistola en cinto. Y por hacerle un favor al crío, qué coño, que se le dio la oportunidad de morir como un hombre y no huyendo como las ratas, se le escuchó decir a un capataz en alguna tertulia tabernera.

Ramón era joven pero con una salud quebradiza ya antes del tiro; como no cundía en el campo ni en el pastoreo, sus hermanos, al fundar la Casa del Pueblo, le habían dado el encargo de cuidar la paupérrima biblioteca, que por cierto fue la primera y única biblioteca que tuvo el pueblo hasta que se disipó como un azucarillo en las aguas del pantano. Por eso corría la mañana del diecinueve de julio en busca del cobijo de la sierra, por bibliotecario.

 

 

Reseñas de prensa