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Ficha técnica del libro

Manuel Yruela: El ojo de la gallina.

Año de edición: 2011.
Tamaño 8°, 248 pp.
Tipos: Janson Text y Gill sans.
Impreso a doble tinta.
Tirada: 1000 ejemplares.
Imprimió: Entorno Gráfico (Maracena, Granada).
Encuadernó: Olmedo Hnos.

 

Bio-bibliografía del autor:

Manuel Yruela es doctor en Filología Clásica y se dedica a la enseñanza del Latín y del Griego Antiguo. Ha publicado trabajos de carácter científico sobre Latín Renacentista. En el ámbito literario, su actividad se ha venido repartiendo entre la crítica y la creación. Ha publicado artículos y relatos en revistas diversas, y en la actualidad dirige la revista Los papeles mojados de Río Seco.


Sinopsis del libro

El ojo de la gallina cuenta la historia de Gerardo, un pintor septuagenario y homosexual, afincado en Madrid desde joven, que hace copias en el Museo del Prado, y de Demetrio, un joven ecuatoriano recién llegado que se instala como su ayudante. La novela retrata la peripecia vital de cada uno a través del trabajo, el amor y el vínculo inexorable con el pasado. Para Gerardo supone su relación con el arte, la manera de asumir su homosexualidad en una época de intolerancia, y el mundo rural de su infancia que no termina de abandonarlo. Para Demetrio significa la construcción de una nueva vida en un mundo ajeno que le permite soñar, soñar con el amor de Dulce, una paisana a la que conoce en Madrid, soñar con ganarse la vida pintando como nunca había imaginado, y romper con la vida que lo atenazaba allá en su país. Un trama negra, nacida de lo más sórdido de la inmigración, acaba por arrastrarlos a ambos a un destino definitivo.

 

Texto (páginas 11 a 15, primer capítulo)

Mira adónde me llevas, muchacho, le había dicho. No es sitio que no sea para usted. No hay lugar como este en Madrid, dicen, para tomarse una copa como Dios manda. Gerardo se cogió de su brazo y siguieron caminando por el asfalto. ¿Qué sabes tú?, contestó. Se inquietó de un reflejo movido en las aguas de un parabrisas, cosas de la noche, del aire que se había levantado con la nube. Movía el bastón con soltura, se agarraba al brazo del muchacho por retenerlo, obligándolo a caminar por medio de la calle, y éste tiraba de él a la acera, cada uno porfiando lo suyo, obstinados sin mediar palabra. Fue un coche que deslumbró los escaparates del fondo el que los apartó. El corte del afeitado aún escocía, la mano temblona. En el mentón, caracortada, en el bigote te deja pinta de anormal. Le dijo que no corriera. Despacio, nadie nos espera. La senda en claroscuro de las farolas le trajo el recuerdo del cortijo, el camino al pueblo, la noche, la mujer de Serafín, así, agarrado a ella, que se rozaba con él lo que su madre no le consentía. El abrigo se hacía sobre él, los faldones haldeándole las rodillas, detenido a ponerles orden con el bastón, las solapas, los hombros armando una persona que ya no era. Pesaban los años, las noches de rumiar solo, los plantones en el museo. Tanto peso no le impidió, sin embargo, alzar el brazo y agarrar a Demetrio por el cogote, apretar y oír satisfecho que se doliera. Así se creció un poco y llegó a la esquina con algo de la gallardía que solía, suficiente para plantarse frente al portero del garito y pedir paso sin un gesto de más. La falta de costumbre. El portero, un negrazo, no se inmutó, sólo miró al muchacho negando la entrada con la cabeza. El indio viene conmigo. Lo llamó indio y se sintió algo Orellana, el alma desmedida de un hombre de fortuna en tierra de conquista, como al principio, los primeros años, con la vida en blanco. Afirmó un poco más la mano en la nuca de Demetrio para hacerse entender, y el negro, hecho a la devanadera de historias que era la puerta, leyó la de Gerardo con indolencia y se avino a apartarse para permitirles el paso. Demetrio se dejó conducir así hasta dentro. Una vez allí se liberó del yugo y volvió a cogerse de él como lazarillo para llevarlo primero al guardarropa, y luego hasta el rincón de la barra donde había un claro. Demasiada gente, un infierno, sordo el humo comiéndole los ojos. Nada que justificara el paseo. Demasiado tiempo, un sumidero de años. Demetrio francamente desentonando con su poca figura, las manos pequeñas, la ropa chapadita a la antigua, pantalones con raya, camisa, jersey, el anorak bajo el brazo sin quererlo soltar, como acarreando su gavilla de alfalfa, milagro que lo dejaran entrar. El ron dorado y añejo en vaso grueso, otro para el muchacho. Dos pantallas daban imágenes que gusaneaban con agitación. Algunos las miraban con los ojos muertos, el vaso en la mano. Encima de un poyo un hombre y una mujer bailaban desmelenados. El hombre era calvo. Demetrio pidió permiso para ir al servicio. Se acercó a la barra y a duras penas preguntó por ella. No se oía más que la música. Le hicieron seña de que esperara, pero pasaba el tiempo y tuvo que volver. Entonces se acercó un tipo con mosca y comenzó a preguntar. Demetrio no podía sino contestar las preguntas a voces. ¿De dónde vienes? ¿Qué haces? ¿Paras mucho por aquí?… Gerardo sólo miraba. El tipo con mosca desapareció, y Demetrio aprovechó para preguntar. ¿Qué tal, don Gerardo, le va gustando? Y él, me va, muchacho, me va. Demetrio no dejaba de mirar a la barra. Regresó el tipo con dos vasos y un paquete de tabaco en los dientes. Apuró a Demetrio con el ron y le pasó otro. ¿Fumas? Demetrio negó y él se felicitó de que no quisiera, Mejor para ti, eso… yo, inútil… tres veces… como una vaca, pero no… Del machaque de la música y las voces no había dios que pudiera entenderse. Gerardo acabó su copa y se decidió a terciar cogiendo a Demetrio del brazo. Es mi patrón, don Gerardo. No hubo más. El tipo saludó, concedió un beso, uno, la costumbre, a derechas, y comenzó a dar sorbos y a mirar a la sala dejando morir la conversación. Demetrio se volvió aún a la barra y entonces la vio. Se acercó dejando a Gerardo un instante y cruzó un par de palabras con ella. Regresó apesadumbrado, pero era una pesadumbre ingrávida que flotaba en vapores de ron. Vamos, muchacho, es tarde. Hubieron de atravesar la sala abarrotada, Demetrio a tirones con su gavilla de alfalfa que se iba enganchando con todo camino del guardarropa. El bastón, el abrigo de nuevo encima, y de ahí a la puerta que dejaba asomar el frío de la calle. Adiós, indio. Adiós, negro. Calla, muchacho. Pasó una pareja arrebujada y una pandilla en bromear. Luego enfilaron hacia Gran Vía. Gerardo quería tomar un taxi. Por el camino le preguntó, Qué tal, y Gerardo, Déjalo, hijo, déjalo. ¿Quiere que nos tomemos otra? De la puerta entreabierta de un bar salía son de piano, algo de jazz contundente, Milt Buckner aporreando las teclas, bueno para la melancolía. Entraron y repitieron ron en la barra; nada que hablar esta vez, sólo el compás recio del piano. Un aficionado solitario aspaventaba las síncopas con denuedo. El camarero hablaba por el móvil. Sí, mamá, el domingo por la mañana, los grelos los llevo yo. Colgó y les ofreció rellenar. Gerardo asintió con ojos que eran de rumiar una respuesta vieja. Tomaré la última, dijo, el muchacho está servido, tiempo tendrá de beber. Demetrio pidió cacahuetes por llevar la contraria y dijo que el pianista era cubano, Eliseo Camacho se llamaba, y le enseñó una octavilla fotocopiada en la que aparecía el nombre bajo su foto. Gerardo le preguntó si le importaba mucho aquel nombre que al día siguiente habría olvidado. Sacó una libreta y un lápiz del bolsillo de la chaqueta y comenzó a dibujar. Demetrio le observaba la mano. Del temblor, en el dibujo el pianista parecía agitarse. Finalmente Gerardo arrancó la hoja, la hizo una bola y la arrojó al suelo.
Enseguida cayeron las últimas notas, aplausos, bullicio del final de la sesión. No ha estado mal, muchacho, reconfortante al menos. Salieron con mejor cuerpo, el piano, las copas añadidas. Iba más firme, ligero, sin lazarillos, hasta el abrigo pesaba menos, las rodillas sueltas, la mano firme, el rostro limpio y perfilado de los veinte. Entonces fijador, elegante, lustre en los zapatos, camaradería.
El frío curtía la emoción del jazz en la cara e invitaba a caminar. Andaban con parsimonia. Hablaron de los cuadros, de Juan y de los planes para el día siguiente. Luego callaron un rato y Demetrio angustiado pensó en la plata y en Dulce, y en que no había salida, Dulce sierpe, Dulce húmeda y escurridiza, Dulce dentada mordiéndole la existencia. Gerardo pensaba en la comisaría, en lo que iba a decir allí, y luego pensó en el pueblo, en encinas, enormes encinas de copa imponente como no había visto jamás que extendían su sombra de nubes azules en medio de una noche clara. Entonces se oyó la voz llenándolo todo. Ven acá, hermanito. Mira, ¿te gusta el viejo?
La calle se abatió sobre ellos como un túnel que se cegara. Sobre el cerco de las pisadas susurró el roce que los unía, hombro con hombro, codo con codo, avanzando sin alzar la mirada, como si la noche, el silencio y la soledad se hubieran propuesto hermanarlos.
La botella se estrelló contra la pared. Ya había uno delante, cosa de magia, una aparición. A Demetrio lo empujaron los que venían de atrás, la patada en los cojones, la porra blandeando en el aire para caerle en la cara como pilón, hecho un Cristo. Tú quieto, viejo, no va contigo. Luego a puntapiés ya en el suelo, al vientre, a la cabeza, como niños peleando un balón a ver quién le da más fuerte, ¡toma!, ¡yo he sido!, enajenados. Se movía como culebra, retorcido a los golpes, apenas cubriéndose para nada, luego amansado, con algo al fin de muñeco de trapo. Y en el revuelo, el descuido. Gerardo, olvidado de los temblores, sintió la savia hervir en sus venas y enarboló con mano firme el bastón. A uno lo alcanzó en la cabeza de lleno y se oyó un grito desaforado. Vino la alarma, el suspenso de la confusión, y brillaron con su clic de metal los vuelos de las navajas. Lo alcanzaron bajo el abrigo, sólo una vez, después la mancha roja fue borrándolo todo. Hubo gritos de déjalos ya, vamos, hostia, y carreras, el eco de las pisadas, la fuga de sombras en la acera. Cuando llegó la ambulancia, maravillaban las manos de Demetrio sobre el destrozo, pequeñas e inmaculadas. Gerardo yacía hermoso sobre el pavimento, embellecido por el empaque del abrigo y la elegancia del gesto, como detenido en un paso de baile.