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Ficha técnica del libro

Reinaldo Arenas: Necesidad de libertad.

Año de edición (2012).
Tamaño 8º, 377 pp.
Tipos: Janson text y Gill sans.
Impreso a doble tinta.
Tirada: 1200 ejemplares.
Imprimió: Entorno Gráfico (Maracena, Granada).
Encuadernó: Olmedo Hnos.

 

Portada

Bio-bibliografía del autor:

Reinaldo Arenas nació en Holguín (Cuba), en 1943, en una familia de campesinos. Desengañado de la Revolución –a la que en un principio apoyó– estuvo dos años encarcelado por ser considerado como un “peligro social” por el régimen de Fidel Castro, que persiguió cruelmente a su persona y su obra. En 1980 consiguió huir a Estados Unidos en cuya ciudad de Nueva York vivió hasta su suicidio, tras larga enfermedad, en 1990. Escribió poesía, novelas y cuentos, teatro y ensayo. Como autor de novelas destaca su pentagonía centrada en la represión del régimen castrista (Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar, El color del verano y El asalto).  Su autobiografía (Antes que anochezca), fue llevada al cine con éxito por Julián Schnabel, con interpretación magistral de Javier Bardem. Point de Lunettes ha publicado anteriormente dos obras de Reinaldo Arenas: Sobre los astros (ilustrada por Jorge Camacho) y Cartas a Margarita y Jorge Camacho.

Sinopsis del libro

Necesidad de libertad es un grito de desahogo, tras alcanzar su autor la libertad. Es un libro misceláneo (ensayo, poesía, género epistolar) en donde Reinaldo Arenas, con un estilo directo y desgarrado, reivindica la libertad recién conquistada y denuncia los atropellos que la dictadura militar cubana comete contra su pueblo.

 

Texto

Texto 1
(página 64)

La Habana, diciembre 31 de 1973

ORDEN DE ROMPIMIENTO DE AMISTAD

Sr. Nicolás Guillén:
De acuerdo con el balance de liquidación de amistad que cada fin de año realizo –balance que se rige por rigurosas constataciones– le comunico que usted ha engrosado la lista del mismo. Por lo tanto, desde el momento en que expido este documento queda usted desvinculado, en forma definitiva, de todos mis afectos.

Sin más,
                Reinaldo Arenas

 

Texto 2
(páginas 87 a 91)

Gabriel García Márquez, ¿esbirro o es burro?

Que un escritor, o simplemente un ser humano, residente en un país totalitario, tenga que acogerse obligatoriamente a las circunstancias terroríficas que allí imperan, y simule adaptarse e incluso cooperar con dicho sistema, es patético, pero comprensible. Los que hemos vivido bajo esas dictaduras, perfectas en su minucioso pavor, sabemos hasta dónde tiene que llegar el hombre en su simulación, renuncia y vileza para sencillamente sobrevivir.
No puede haber moral ni en el siervo ni en el señor. En el siervo, por estar obligado a serlo; en el señor, por mantener la servidumbre.
Ahora bien, que un escritor como el señor Gabriel García Márquez, que ha escrito y ha vivido en el mundo occidental, donde su obra ha tenido una inmensa repercusión y acogida, que le han garantizado un modo de vida y un prestigio intelectual; que un escritor como él, amparándose en la libertad y posibilidades que ese mundo le brinda, use de ellas para hacerle la apología al totalitarismo comunista que convierte a los intelectuales en gendarmes y a los gendarmes en criminales, es sencillamente indignante. Y esa es la actitud de Gabriel García Márquez, quien al parecer ha olvidado que el oficio de escritor es un privilegio de hombres libres, y que al ponerse al lado de las dictaduras, tanto latinoamericanas como orientales, está cavando su propia sepultura como escritor y haciéndole el juego a los esbirros institucionalizados por fuerza que, escalando por la esperanza del hombre, lo reducen luego a la triste condición de rata acosada, obligada a aplaudir incesantemente su propia prisión y su supremo carcelero. En varias ocasiones el señor García Márquez, niño minado de la prensa occidental, pleno usufructuario del confort y las garantías que le ofrecen los países del llamado “mundo capitalista”, ha hecho declaraciones condenando a los millones de vietnamitas que, en acción desesperada y suicida, se lanzan al mar huyendo del terror comunista. Ahora, para colmo de la indignación de todos los cubanos amantes de la libertad, G. M., huésped de honor de Fidel Castro en los recientes festejos del Primero de mayo, ha condenado con su actitud y sus palabras la acción de los diez mil cubanos refugiados en la Embajada del Perú, atribuyendo lo que está ocurriendo en Cuba a una acción u orientación del llamado “imperialismo norteamericano”. De hecho, García Márquez condena también al millón de cubanos que, a riesgo de sus vidas, intenta lanzarse al mar y, como en Vietnam, perecer o ser libres, aun cuando esa libertad no consista en otra cosa que en poder llegar con vida y semidesnudo a un país extraño. Al parecer, a García Márquez le placen los campos de concentración, las vastas prisiones y el pensamiento amordazado. A esta vedette del comunismo le irrita la fuga de los prisioneros, tal como irritaba a los grandes terratenientes cubanos de los siglos XVIII y XIX la fuga de los negros esclavos de sus plantaciones. Enriquecido por las utilidades contantes y sonantes obtenidas en el mundo capitalista, a García Márquez le molesta que otros hombres aspiren o sueñen con tener sus mismos derechos, el derecho a escribir y hablar, el derecho a vivir y publicar, el derecho a ser ante todo un ser humano y no un anónimo esclavo numerado incesantemente, e informar también incesantemente sobre su propia vida.
No cesa el señor García Márquez de entonar incesantes loas a favor de la dictadura castrosoviética. A tal extremo que recientemente declaró al diario Le Monde: “El problema de visitar a hombres como Fidel Castro es que se termina por amarlos demasiado”(!)… Ese amor de García Márquez hacia Fidel Castro y su finca (la isla de Cuba) es sin embargo un amor a distancia. García Márquez va a Cuba sólo de turista (donde es tratado como tal); reside en México y naturalmente en París; y allí, en compañía del ciudadano francés monsieur Julio Cortázar, funge como cortesano y orientador cultural del nuevo presidente.
Me pregunto si no es extremadamente cínico que García Márquez, quien hace incesantes apologías a la “revolución cubana” y a su desarrollo cultural y humano, viva sin embargo en París y México, tenga un hijo estudiando en la universidad de Harvard (Estado Unidos), y otro aprenda a tocar el violín en Francia. ¿No invalida esta actitud real la retórica procastrista del acaudalado señor que la emite?... Si García Márquez estuviese de acuerdo con la ideas que expresa, si creyese verdaderamente en ellas, sus hijos estarían en estos momentos recogiendo toronjas en alguna de las llamadas “escuelas al campo” que pululan por toda Cuba, y que consisten en inmensas plantaciones donde el estudiante ha de trabajar obligatoriamente.
Pero el hecho más abominable cometido por García Márquez hasta el momento fue el de condenar taimadamente a los obreros polacos (al pueblo polaco), quienes valientemente se empeñan en construir una verdadera sociedad socialista; es decir, tomar el poder y tener los derechos que todos los trabajadores en el mundo verdaderamente democrático poseen. Una vez más G. M. se ha manifestado en contra de una acción popular, situándose obedientemente del lado del totalitarismo.
Ante la pregunta de si se trata de un esbirro o un burro, la respuesta parece caer lamentablemente sobre la primera palabra. O quizás sobre ambas.
¿Cuándo cobra directa o indirectamente el autor de Cien Años de Soledad por el cadáver de cada vietnamita o cubano, perdido en el mar al intentar desesperadamente ganarse su libertad? ¿A qué cifra asciende el apoyo político que el comunismo internacional brinda a García Márquez por cada joven apuñalado o ametrallado en las costas cubanas, asesinado a mansalva por el terrible crimen de querer vivir en paz? ¿Cómo y de qué forma lo estimulan Moscú y La Habana para que de escritor respetado y admirado se convierta, ante los atónitos ojos de esos admiradores (entre los que me incluyo), en una suerte de torpe y desinformado esbirro, no por ello menos dañino y lamentable?
La búsqueda de la libertad, por cualquier medio que se intente, es la más alta expresión de la dignidad. Condenar o entorpecer ese sentimiento, que jamás podrá ser aniquilado en el corazón del hombre, es una traición imperdonable. Ponerse voluntariamente de parte de los que apuñalan, ametrallan y amordazan a los pueblos, por el hecho de querer cruzar las fronteras de su prisión, es traicionar la historia de la humanidad; porque la historia (es decir, la razón colectiva) estará siempre de parte de esa multitud acosada, de ese hombre que, sin más ideal que el de huir del terror, se refugia en masa en una embajada, aborda un avión o se lanza al mar. La razón pertenece al perseguido. Condenar esa actitud es condenar la vida misma, es condenar la huida del conejo cuando llegan los cazadores o la estampida en el bosque cuando estalla el incendio. La voz de “sálvese el que pueda” parece que le resulta desagradable a García Márquez.
Es ya hora de que todos los intelectuales del mundo libre (los demás no existen) tomen una actitud contra este tipo de propagandista sin escrúpulos del totalitarismo que, amparándose en las garantías y las utilidades que la libertad le ofrece, se dedica a socavarla. ¿Puede haber sitio en los países democráticos para aquellos que pretenden aniquilar la democracia? En ese sentido la actitud de los Estados Unidos y de Europa Occidental es sencillamente estúpida y suicida. Esta torpeza e ingenuidad les habrá de costar muy caras. Democracia debe ser la posibilidad que tenga todo hombre de vivir libre y dignamente, y no la tontería de abrir nuestras puertas al maligno, para que nos mine el hogar mientras dorminos y al abrir los ojos (ya demasiado tarde) despertemos en el cepo… Y me pregunto, ¿por qué estos intelectuales apologistas de los paraísos comunistas, no residen en ellos? ¿O es que prefieren cobrar allá y acá, y disfrutar de la comodidad y las garantías del mundo occidental?
La paciencia tiene sus límites, sobre todo para aquellos que llevan en el alma o en el cuerpo las humillaciones, vejaciones y chantajes que se padecen bajo los sistemas totalitarios.

                                                                             (Nueva York, 1981)